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Yo, Frankenstein

Nos encantó el tráiler de Yo, Frankenstein. Eso es cierto e indiscutible, porque la temática, muchos de los efectos visuales y la trama eran grandiosos. Hay que buscar culpables de por qué el producto cinematográfico final no es, ni de lejos, lo bueno que debería ser.

Repasemos cada aspecto. El argumento nos sitúa tras el final conocido por todos de Frankenstein, con el monstruo acabando de enterrar a su creador, cuando unos demonios le atacan. En medio de este combate aparecen unas gárgolas con vida y le ayudan a terminar con los atacantes.

Al poco, Frankenstein descubre que el mundo está en guerra continua entre demonios y gárgolas, con los humanos sin saber nada y él, que finalmente es nombrado Adam, en medio de todo ésto sin saber muy bien por qué ni qué hacer.

Yo, Frankenstein

En un absurdo rizo del guión, Frankenstein se retira durante años y regresa decidido a vencer a todos los demonios. Estaba escondido, pero ya no lo está. ¿Qué ha cambiado? Simplemente su opinión o, más bien, el guión.

Ya en la época actual, Adam/Frankenstein se lanza a una lucha sin cuartel, los demonios atacan a las gárgolas, éstas a veces ayudan al monstruo y otras lo sacrifican. La sucesión de luchas es inconexa, como los espacios presentados, el montaje narrativo o incluso los razonamientos del argumento. Conclusión: chapuza narrativa total.

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Y es una auténtica pena, porque los personajes protagonistas tienen un potencial increíble. Comenzando con Aaron Eckhart como un monstruo carente casi de sentimientos, pero un movimiento en pantalla creíble y espectacular. La actriz protagonista que le secunda Yvonne Strahovski, se ve apartada de un papel mucho más importante y con su talento desaprovechado en una historia que podría haber tenido más romance, más acción y más de todo, incluso tragedia si el director se atreviera.

Con los aliados la cosa comienza a flojear. Miranda Otto o Jai Courtney, no explotan al máximo sus papeles. Las coreografías de lucha no son mejor percibidas dados los artificios de fuego y luz celestial que les acompañan en todo momento. Eso sí, las gárgolas están hechas de forma impresionante.

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No así los demonios, sacados de serie de televisión tipo Buffy, la Cazavampiros y cuya presencia es la misma que la de blancos en movimiento. Con un sólo toque pueden ser eliminados de la faz de la Tierra gracias a un símbolo de poder. ¿Por qué quitar de esta forma la tensión narrativa que supondría tener un poder similar al de las gárgolas?

Finalmente tenemos a un malo malísimo, Bill Nighy como un príncipe de las tinieblas, que ni lucha, ni atemoriza lo más mínimo, al carecer de un plan de ataque estratégico o de mayores poderes que sus esbirros, salvo una mayor resistencia, lógico al tratarse de un final boss de película.

Sabe a oportunidad desaprovechada la de Yo, Frankenstein y, pese a todo, se recomienda su visionado por parte de todos los que gusten de fantasía urbana, pues lamentablemente la mayor parte de títulos del género son incluso peores. Una secuela la salvaría, o quizás se convierta en una aberración mayor que la del monstruo protagonista.

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