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Matar al mensajero

Matar al mensajero” es la nueva película del televisivo Michael Cuesta – Elementary, Homeland, Dexter, TrueBlood, A dos metros bajo tierra… – un thriller conspiranoico basado en hechos reales, que narra las vivencias del periodista Gary Webb (Jeremy Renner) quien en los años noventa denunciara, en el modesto San José Mercury News, como la epidemia de crack que asolaba las barrios afroamericanos estaba respaldada por la CIA, con el único objetivo de abastecer económica y militarmente a La Contra nicaragüense.

Matar al mensajero

Cuesta, con su pulso para tramas de espionaje ya ejercitado en televisión, propone un thriller periodístico que por momentos llega a recordar a grandes referentes del género como “Todos los hombres del presidente” o la magnífica “El dilema”. Con el respaldo de tratar un caso real que merecía ser (re)contado – en esta ocasión sin interferencias – y una dirección rigurosa y elegante que evita los grandes focos, Cuesta presenta una visión de lo sucedido sin artificios, sabiendo que la denuncia cae en la conciencia del espectador por su propio peso sin necesidad de empujes.

La película arranca a buen ritmo y se mantiene constante sobre una línea cronológica de acontecimientos que se suceden sin dar descanso pero lejos de sobreponerse, y ofreciendo un reparto totalmente equilibrado lleno de caras conocidas tanto por sus trabajos en televisión como por papeles cinematográficos casi siempre desempeñados con gran acierto. Nuestra madre patria también tiene cabida en la cinta, y en las primeras secuencias, dando inicio a la trama, encontramos a Paz Vega encerrada en un cliché de bombón sudamericano de difícil digestión.

La primera hora es un estilo de sobriedad en el que todo fluye con naturalidad y acierto, pero en el que se percibe el tono documentalista que terminará por evitar que la película llegue a plantearse, y por tanto cumplir, mayores objetivos que los de contar la historia desde una visión inmóvil y con una neutralidad que no termina por hacer justicia.

Matar al mensajero

“Matar al mensajero” no da golpes sobre la mesa, probablemente por su miedo a mostrarse en exceso como un dedo acusador o acercar demasiado su enfoque a películas similares que ya permanecen para siempre en nuestra memoria, y decide pasar sin hacer demasiado ruido por una historia que debería tener más ímpetu en algunos aspectos personales de la vida de G.Webb. Nada se queda sin contar, y hay mucho, pero por momentos da la sensación de mostrarse todo a través de la mirada de un narrador demasiado acomodado en su intención de no querer tomar parte, y que no da el empuje necesario a las emociones que debería transmitir.

La sensación de coacción, emoción, victoria y derrota que vivió el periodista, se da a entender con lo que vemos pero no llega a transmitirse en su totalidad. La presión de la CIA o de sus compañeros de profesión, por ejemplo, no llega con la intensidad que el desenlace de G.Webb nos hace imaginar que sufrió. Esta visión imparcial impide que Jeremy Renner pueda llegar a profundizar en las emociones del personaje, pero no resulta un impedimento para valorar con muy buena nota su paso por la película. Renner, retoma el buen camino tras la elección de algunas películas que a falta de restarle tampoco le llegaron a sumar nada. En esta ocasión elije un personaje serio, de buen recorrido, que le permite demostrar una vez más que es capaz de aguantar todo el peso de una cinta mediante una actuación contenida, sin grandes artificios, un registro en el que se desenvuelve con firmeza.

Matar al mensajero

“Matar al mensajero” es una buena película que agradecerán los incondicionales del género, que disfrutara el espectador medio durante gran parte de su metraje, y que esperamos que grandes grupos de estudiantes de periodismo acudan a ver. Pese a que quizás no sea la más adecuada para saborear las mieles de quienes anteponen sus valores a las presiones de los poderes fatuos, nunca está de más recordar a ese colectivo profesional el trabajo y las verdaderas intenciones de quienes dignificaron la profesión mediante la defensa de unos valores por encima de todo.

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