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Miel

Miel

Miel es una coproducción italo-francesa en parte financiada por los respectivos (por abreviar) Ministerios de Cultura francés e italiano, lo que ya seguramente ponga de los nervios a todos aquellos que critiquen las subvenciones al mundo del cine. Una película tan complicada como esta difícilmente habría visto la luz de otra manera.

Irene es una mujer normal con un trabajo un tanto peculiar: se gana la vida ofreciendo asistencia en el trámite de la muerte a enfermos terminales que no desean continuar con su sufrimiento. En pocas palabras, les facilita los medios para la eutanasia asistida a cambio de dinero.

Hace tres años que ha decidido dedicar su vida a personas en busca de ayuda, asistiendo y aliviando su sufrimiento, incluso cuando llevan a decisiones extremas, por eso su nombre en clave es Miel. Pero un día conoce al Sr. Grimaldi, un hombre de 70 años, en perfecto estado de salud, que tiene un “mal invisible”. La reunión entre ambos pondrá a prueba las convicciones de Miel, y provocará un fuerte debate entre los dos. Su relación se llenará cada más de implicaciones y ambigüedades emocionales. La vida de Miel cambiará para siempre.

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Lo cierto es que cuando leí la ficha de Miel pensé inmediatamente en estar ante un remedo del primer libro de Marc Levy, Ojalá fuera cierto o ante la segunda versión cinematográfica de uno de los best sellers de Paulo Coelho, Veronika Decide Morir, con Carlo Cecchi en un papel similar al que en su día protagonizara Sarah Michelle Gellar. Disruptivo es poco. Quizá acuda a la mente del cinéfilo español la galardonada Mar Adentro, de Alejandro Amenábar.

Vaya por delante que esta humilde plumilla es muy fan del cine europeo en general, y en particular del cine europeo que aborda temas polémicos sin rastro de moralina. El planteamiento de partida es interesante, y Valeria Golino no rehúye la polémica en la historia que quiere contar. Por ello no son pocos los momentos espinosos a lo largo de la película, como las reacciones de los familiares que deciden acompañar al enfermo en sus minutos finales. “Vaya trabajo de mierda tienes”, le espetan en un momento dado.

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La historia de Ramón Sanpedro nos enseñó en su momento que no se puede mantener con vida a la fuerza a quien no desea seguir viviendo. Nadie desea dejar de vivir, pero para algunas personas lo que llamamos “vida” ha perdido todo su significado, para ellos carece de valor y no desean seguir viviendo. Saber que el suicida tenía motivos objetivos para quitarse la vida tal vez tranquilice la conciencia de los vivos, pero es irrelevante una vez que la decisión está tomada.

Es relativamente fácil comprender las razones que llevan a una persona con una enfermedad Terminal y desahuciada por los médicos a decidir poner punto y final a su propio sufrimiento y al de sus seres queridos, es más, me atrevería a decir que todos, en un momento u otro, nos hemos planteado esta situación, a la que cada cual habrá dado su propia respuesta. Pero, ¿y si la persona que decide suicidarse no está aquejada de una enfermedad en su fase final? ¿Y si su carencia de esperanzas se debe a otros motivos?

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Facilitarle a un suicida los medios para poder quitase la vida por dinero, ¿la convierte en una especie de asesino a sueldo, en un mercenario? ¿Lo hace menos duro el hecho de que podamos comprender los motivos que les llevan a elegir el suicidio, o incluso empatizar con ellos? ¿Hay una lista de razones válidas para quitarse la vida? ¿Aliviaría la conciencia de los que le conocieron la existencia de un secreto inconfesable, un crimen abyecto? ¿Hace falta valor para suicidarse, o es una salida cobarde? Estas y otras interesantes cuestiones se plantean a lo largo de la película de forma completamente natural, y en cierto modo, alejadas del dramatismo que rodea la muerte.

Hace falta valor para abordar una temática tan complicada huyendo del sentimentalismo barato, del activismo militante y de la provocación innecesaria. El tratamiento de la película es de una sobriedad encomiable, dirigida e interpretada con maestría, destacan las interpretaciones de Carlo Cecchi como Carlo Grimaldi y Jasmine Trinca en el papel de Irene. Una banda sonora deliciosa termina de redondear una cinta altamente recomendable para aquellos que gusten de esa clase de películas que derivan en una amena charla con una copa de vino sobre las vicisitudes de la vida y la muerte.

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