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Lo cierto es que es bastante curioso cómo Hollywood está ofreciendo una visión de Estados Unidos y, más concretamente, de la Casa Blanca, bastante más débil a la que estamos acostumbrados. No es éste el primer film en el que el lugar más defendido del mundo es atacado con éxito. Quitando películas del género fantástico, la acción realista nos está ofreciendo auténticas masacres y destrucciones arquitectónicas como nunca antes.

En Objetivo: La Casa Blanca, lo hace incluso desde un punto de vista personal e íntimo. Un guardaespaldas privado de la familia del Presidente de los Estados Unidos, es desvinculado de la misma tras un trágico accidente en el que uno de los miembros pierde la vida.

Ha pasado un año desde entonces y tanto el Presidente como el guardaespaldas viven atormentados con el recuerdo. Poco tiempo tienen para pensar dado que con la llegada del primer ministro de Corea del Norte, se desata un ataque terrorista a la Casa Blanca, perfectamente orquestado por un paramilitar de Corea del Sur, que en menos de 15 minutos destruye el edificio, lo conquista y retiene al máximo cargo militar de los Estados Unidos junto a sus consejeros en el búnker de la casa.

Obviamente, nuestro protagonista, protagonizado por el mismísimo Gerard Butler, trabajaba cerca y a la mínima sospecha había ido a ver qué pasaba. Este ex militar consigue quedarse dentro del edificio y eliminar, uno a uno, a todos los terroristas implicados.

La verdad es que tamaña hazaña sin que sea un John McClane el héroe de turno queda algo ficticio. El realismo preponderante estalla por los aires cuando un solo hombre, fruto principalmente de su talento físico y de lucha, consigue desmantelar los planes de unos terroristas capaces de eliminar a todos los miembros activos del servicio secreto, la policía, el FBI y el ejército.

Pese a todo, si contáramos con un prota como el de Redada Asesina (The Raid), pues aún lo entenderíamos (este chico es una auténtica pasada). Si fuera un Mercenario tipo Stallone o Schwarzenegger, pues estaría claro quién ganaría sobradamente. Pero Butler y las escenas de acción que le proponen ofrecen un espectáculo escaso, bastante limitado y relativamente interesante.

Todo parece una cortina de humo, un intento de ensalzar la gloria patriótica de la forma más realista posible, cuando en la pantalla sólo funcionan las explosiones y los tiroteos, que sólo al principio ofrecen algo de interés pirotécnico.

En el exterior, un flojete Morgan Freeman se convierte en el Presidente en funciones, pero tanto su papel como su interpretación son débiles, no convencen, parece más un recurso narrativo que un apoyo argumental.

Objetivo: La Casa Blanca se convierte en unos fuegos artificiales con un gran inicio, pero que se va apagando. En contadas ocasiones como el ataque de los helicópteros contra el arma Hidra, la adrenalina vuelve a resurgir, pero sólo para decepcionar con un pobre final y un desenlace tan previsible como escueto, lento y falto de chispa.

Finalmente, como es de esperar, el ataque terrorista fracasa. Objetivo: La Casa Blanca, también.

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