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Cinema Paradiso
Crítica: La metanarración en el cine siempre es un recurso que gusta, no sólo a los espectadores menos exigentes sino también a los cinéfilos empedernidos, pues se habla del arte que aman. Un ejemplo muy claro de esta atracción por la metaliteratura audiovisual es The Artist y el barrido brutal que ha hecho en Los Oscar de 2012.

Cinema Paradiso es el ejemplo de finales de siglo XX más famoso de este estilo narrativo. Ambientada en la posguerra mundial en Italia de 1950, un niño de nombre Salvatore Di Vita conocido como Toto, recuerda ya mayor su infancia en Giancaldo, un pequeño y pobre pueblo pescador de Sicilia. Allí de pequeño se hace amigo de Alfredo, el proyectista del cine Cinema Paradiso, el único del pueblo y toda una expectación entre los vecinos.
El amor por el trabajo del proyectista y del cine en general es compartido por Toto y por todos los vecinos que se reúnen religiosamente en la sala de cine. Asistimos con estos estrenos al desarrollo de la historia del cine, desde el cine mudo hasta el cine actual. Pero también de los propios espectadores y de cómo hemos evolucionado.

Por un lado, el cine acoge el sonido con un gran abrazo, a diferencia de los besos y la carne desnuda de las protagonistas, que es severamente censurada por la Iglesia. La comedia es retratada como la distracción del pueblo, el drama como la mejor razón para dejar aflorar los sentimientos. Por último, el cine en color llena de tintes los ojos de los espectadores, con nuevos riesgos y desafíos.

El cine se ve también retratado desde la parte más técnica. De las primeras bobinas altamente incendiarias, que provocan por accidente ceguera en Alfredo, pasamos al siguiente rollo de celuloide totalmente a prueba de incendio. Vemos el paulatino descenso del tamaño de los rollos de película, así como las posibilidades visuales de la proyección sobre espejos, que permitía ver la película en la pantalla, en la plaza del pueblo o al aire libre en un improvisado cine de verano.

Toto aprende tanto de Alfredo que consigue convertirse en el proyectista más joven del cine con tan sólo 6 años, tras la apertura del nuevo Cinema Paradiso encima de los cimientos incendiados del antiguo cine de pueblo.
Desde la sala de proyección, Toto y nosotros como espectadores, vemos a nuestra vez a los espectadores de la película y descubrimos (o recordamos, según si hemos podido vivir esa época) las diferentes facetas de la gente que acude a ver estas primeras películas.

Los cines no tienen nada que ver con la actualidad, son cines ruidosos, incómodos, donde la gente podía estar de pie en caso de no encontrar asiento o de cederlo a otras personas. Las bromas entre los asistentes eran contínuas, así como los flirteos entre futuras parejas y las travesuras de los más pequeños o la sorpresa de los más ancianos.

Con la llegada del cine sonoro (que nosotros ya disfrutamos en la película con la conmovedora música de Ennio Morricone), el ruido comenzó a ser incómodo y la gente exigía silencio, montando paradójicamente más escándalo que aquél que querían sofocar.
El romance en el cine en forma de besos acercaba a los enamorados, mientras los desnudos parciales o imaginativos realmente extendían la lujuria entre los asistentes, ya sea mediante masturbaciones públicas o servicios de prostitución encubiertos.
Nada de esto parecía importar ni a Toto ni al resto de público, era una parte más de la “fauna del cine”. Sólo que Salvatore, como se llamaba realmente el joven, desarrollaba un talento innato para la realización y se convertiría pronto en un afamado director. Entre sus primeras tomas, destaca la imagen de la bella Elena, a quien ama eternamente y con quien consigue una fugaz etapa romántica. Un verano apartado de ella por su familia adinerada y la obligación del servicio militar, terminan separando irremediablemente a la trágica pareja, que nunca más se reencontrará.
Alfredo, siempre empecinado en recordar frases célebres de cine, es capaz de crear por sí mismo una verdad filosófica nunca antes tratada con tanta firmeza en el cine. De nuevo un enfoque autonarrativo de una persona que recuerda películas y, al no hacerlo, se convierte así en un recuerdo de película.
Le dice al joven que, mientras en la infancia se vive rodeado siempre de las mismas personas y los mismos ambientes, parece un lugar mágico en el que nunca cambia nada. Al estar separado de joven, por causas distintas, durante un determinado tiempo, al volver nada parece lo mismo, no se encuentra la magia anterior ni en los lugares ni en las personas. Para recuperar ese hechizo, es necesario pasar mucho tiempo fuera de ese lugar y, sólo entonces, al regreso, todo el mundo está allí, es reconocible, es el de siempre, igual que los lugares, la magia vuelve.
Efectivamente, tras la muerte de un anciano Alfredo, Toto regresa a su pueblo natal y allí encuentra, ya envejecidos, a todos sus amigos, a los personajes que poblaban el cine, a su familia, los lugares que frecuentaba y, por supuesto, el Cinema Paradiso que está a punto de ser destruido para construir un aparcamiento público.
Visitando a su hermana, ésta le entrega una película que no recuerda haber proyectado. Cuando regresa de nuevo a su ciudad, visualiza el film y ve sorprendido que se trata de un montaje que Alfredo le había dejado como legado, en el que se encontraban absolutamente todas las escenas de besos censuradas y cortadas por orden de la Iglesia, en las películas que se habían proyectado en Cinema Paradiso. La visualización de todas estas escenas, que al espectador de ojo experto le recordarán a famosas películas reales, apacigua el espíritu de Toto y le permite estar en paz con su pueblo, con su pasado y con Alfredo.
Escenas eliminadas
Giuseppe Tornatore, director de la cinta, vio él mismo cómo censuraban por duración su película, que se recortaba de los 155 minutos a los 123 para permitir con mayor efectividad promocional su estreno mundial, que fue por cierto todo un éxito para crítica y taquilla, ganó el Oscar de 1990 a la mejor película de habla no inglesa y se convirtió en la mayor película romántica que un director podía dedicar al arte que ama, el cine.
Con la llegada del cine digital, versiones domésticas incluyen el largometraje entero. En él descubrimos la razón por la que Elena y Toto nunca llegan a reencontrarse. Alfredo convence a la chica de que deje marchar al joven, pues tiene un futuro como exitoso director de cine sólo si consigue salir del agujero pobre que es el pueblo donde viven. Ella accede en primera instancia por la felicidad de su amado, pues sabe que con ella siempre será desdichado por las limitaciones del pueblo, pero finalmente deja lugar a su corazón y escribe una nota para Toto con un lugar exacto donde poder reunirse. Pero Toto no encuentra la nota hasta 30 años más tarde, cuando la propia Elena, madre de una niña que se parece mucho a ella, se lo hace saber.
Toto y Elena recuperan de nuevo fugazmente el romance que vivieron de jóvenes, es una noche de amor prohibido, pero sincero, aunque totalmente imposible, pues ella no accede a abandonarlo todo por un amor del pasado y sigue con su vida. Toto, sigue con la suya. Al menos ha completado ese camino inacabado hasta entonces.
Sólo queda su agridulce final sentimental con Alfredo, de quien ya es consciente de su ardid. Pero la visualización del amor idílico de los personajes de cine en el montaje que puede ver al final, le hace comprender que Alfredo sólo quería lo mejor para él, a quien amaba como a un hijo, pero que no supo poder ofrecerle el éxito y el amor correspondido a la vez. Toto comprende a Alfredo y le perdona, pues siempre les quedará su amor por el cine.
Nota: Película y crítica dedicada a Julio Consuegra, por su recomendación. Sé que a él también le habrá traído recuerdos de su experiencia con el cine.
INFORMACIÓN

Fecha de estreno internacional: 1988
Fecha de estreno en España: 1988
Director: Giuseppe Tornatore
Actores: Jacques Perrin, Philippe Noiret, Leopoldo Trieste, Marco Leonardi, Agnese Nano, Salvatore Cascio

MATERIAL AUDIOVISUAL

Tráiler español de Cinema Paradiso:

Tráiler internacional de Cinema Paradiso:

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